¿Por qué nos gustan las canciones tristes? ¿Por que escuchamos música triste cuando estamos tristes?

La interpretación musical es una actividad humana natural, presente en todas las sociedades y culturas, y es también uno de los desafíos cognitivos más complejos y exigentes. La música tiene una capacidad única para evocar recuerdos, despertar emociones e intensificar nuestras experiencias sociales. Por lo tanto, no es de extrañar que hoy en día exista un gran interés por conocer la relación entre la música y nuestro cerebro. ¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando escuchamos música? ¿Hay diferencias entre el cerebro de un músico y el de un no músico? ¿Por qué nos gusta escuchar música triste cuando estamos tristes?

Que el cerebro humano es increíble ya lo sabemos, contiene millones de neuronas que forman millones de conexiones entre ellas, y una de las características más importantes de estas conexiones es que no son estáticas, pueden cambiar. Esto es lo que en neurociencia llamamos: plasticidad sináptica y constituye la base fundamental para los procesos de aprendizaje y memoria.

Aprender a tocar un instrumento exige un aprendizaje motor y procedimental, que provoca una reorganización plástica del cerebro. En 2008, Gaser y Schlaug demostraron que el cerebro de los músicos, comparado con el de los no músicos, presentaba mayor cantidad de sustancia gris en áreas motoras, auditivas y visuoespaciales, todas ellas implicadas en la producción y percepción musical, y además comprobaron con niños de entre 5 y 7 años que estas diferencias no eran innatas, ya que al inicio del estudio los niños no presentaban diferencias en cuanto al tamaño de estas áreas, sino que dependían del entrenamiento musical realizado a lo largo del tiempo.

Además, Schalug también ha comprobado que existen diferencias en cuanto al tamaño del cuerpo calloso –que conecta ambos hemisferios cerebrales- y el cerebelo -que se asocia con la coordinación y la secuenciación temporal de los movimientos-, siendo estas dos estructuras más grandes en el cerebro de los músicos que en el de los no músicos.

En 2011 Pujol y Soriano quisieron comprobar qué diferencias existían en el procesamiento musical de una persona sin estudios musicales y un músico profesional, en este caso, violinista. Para ello utilizaron una pieza musical que el no músico nunca había escuchado y que el violinista conocía a la perfección. Observaron que en el cerebro del no músico se activaban áreas relacionadas con el procesamiento auditivo (lóbulo temporal), pero que en el cebero del violinista se activaban áreas premotoras y el lóbulo frontal, lo cual los llevó a pensar que el violinista no solo estaba escuchando la obra, sino que también “la estaba tocando”.

Por ello, el aprendizaje musical en la infancia, además del de otras artes, es tan importante, ya que ayuda a modelar nuestro cerebro, aumenta la creatividad y favorece el desarrollo de habilidades motoras descriptivas y el desarrollo psicomotriz.

Muy bien, pero ¿qué pasa en el cerebro del común de los mortales cuando escuchamos música?

Varios estudios han señalado que, en casi todos los seres humanos, excepto aquellos que padecen amusia o son sordos, la música activa sistemas de recompensa similares a la comida o el sexo o incluso las drogas, pero con una diferencia muy importante, la música no es necesaria para sobrevivir o reproducirse, pero sí puede ser importante para mantener una buena salud mental. Además, se ha comprobado que hay un gran componente emocional en nuestra relación con la música, ya en 1996 Krumhansl, demostró que la música con ritmos rápidos y  tonalidades mayores generaba reacciones de felicidad, y por el contrario música con ritmos lentos y en tonalidades menores generaba tristeza, lo cual fue comprobado mediante técnicas de imagen (resonancia magnética) por Zatorre en 2009, quien además comprobó que cuando se escucha una obra musical durante un tiempo prolongado nuestra frecuencia respiratoria se sincroniza con el tempo de esta.

Pero entonces, si la música con ritmos lentos y tonalidades menores genera tristeza ¿por qué nos gusta escuchar música triste cuando estamos tristes? En 2011 Huron propuso que se debía a que los niveles de la hormona prolactina aumentaban cuando escuchábamos música triste, esta hormona se relaciona con el apego y se cree que su función en este caso podría ser la de consolarnos a nosotros mismos. Lamentablemente, este estudio no ha conseguido replicarse, además, de ser así, ver fotos de gente con cara triste o escuchar a alguien llorar debería tener el mismo efecto.  Lo más probable es que nos guste escuchar música triste porque trata sobre preocupaciones básicas como la conexión social y el significado existencial, o quizás simplemente nos gusta escuchar música triste cuando estamos tristes porque nos consuela: si Zahara superó su canción “Con las ganas” y ahora es feliz yo también puedo serlo.

Referencias:

Casas, M.V. ¿Por qué los niños deben aprender música? Colombia Médica. 2001; 32: 197- 204.

Campbell D. Efecto Mozart. Barcelona: Editorial Urano, 1998; 29-32.

Gaser, C, Schlaug, G. Gray Matter Differences between Musicians and Nonmusicians. The Journal of Neuroscience : The Official Journal of the Society for Neuroscience. 2003; 6:9–12.

Huron D. Why is sad music pleasurable? A possible role for prolactin. Mus. Sci. 2011; 15, 146–158. 10.1177/1029864911401171

Krumhansl CL. A perceptual analysis of Mozart’s piano Sonata K.282: Segmentatio, Tension, and Musical Ideas. Music Perception: An Interdisciplinary Journal, 1996; 13: 401-432

Molnar-Szakacs I, Overy K: Music and mirror neurons: from motion to ‘e’motion. SocCogn Affect Neurosci 2006; 1:235-41

Pujol J, Ortiz H, Soriano-Mas C, Wagensberg J. Respuesta cerebral a la música estudiada con RM funcional. Unitat de Recerca en RM-CRC. URL: http://www.crccorp.es/ unidades_crc.php. [14.07.2010].

Salimpoor V Benovoy M, Longo G, Cooperstock J, Zatorre R. The rewarding aspects of music listening are related to degree of emotional arousal. PLoS ONE. 2009; 4.

Schlaug G. The brain of musicians. A model for functional and structural adaptation. Ann N Y Acad Sci 2001; 930: 281-99.

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Schlaug G, Jäncke L, Huang Y, Staiger JF, Steinmetz H. Increased corpus callosum

Soria-Urios G, Duque P, García-Moreno JM. Música y cerebro (II): evidencias cerebrales del entrenamiento musical. Rev Neurol 2011; 53: 739-46.

Wang, S, Agius, M. The neuroscience of music; a review and summary. Psychiatria Danubina, 2018;  30: 588-594

Zatorre RJ, Chen JL, Penhune VB: When the brain plays music: auditory-motor interactions in music perception and production. Nat Rev Neurosci 2007; 8: 547-58

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